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Este trabajo representa uno de los resultados del proyecto "Prevención
de la Contaminación Costera y Gestión de la Diversidad
Biológica Marina", cuyo objetivo es contribuir a la
conservación de la diversidad biológica y a la prevención
y mitigación de la contaminación costera.
Este
proyecto cuenta con varios componentes: Prevención de la
Contaminación (Control de la Contaminación de Origen
Marítimo, principalmente a cargo de la Prefectura Naval
Argentina, y Reducción de los Riesgos de la Navegación,
a cargo del Servicio de Hidrografía Naval), y Conservación
de la Diversidad Biológica. Es, precisamente, en este último
donde se enmarca la confección de este Atlas de Sensibilidad
Ecológica, en concordancia con sus objetivos generales
que incluyen la obtención de datos de la plataforma continental,
contribuir a la conservación de la diversidad biológica
marina en la Patagonia, promover la investigación aplicada
y la innovación tecnológica para profundizar el
conocimiento sobre la prevención de la contaminación,
la gestión de la diversidad biológica marina y costera
y el uso sustentable de los recursos marinos. La implementación
de éste estuvo a cargo del Servicio de Hidrografía Naval
(SHN).
El
financiamiento para el proyecto provino del Fondo para el Medio
Ambiente Mundial (GEF), siendo los agentes de implementación
el Banco Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.
Sin embargo, dado que los términos de referencia del proyecto
restringían su espectro geográfico a las costas
patagónicas (zona costera y la plataforma continental patagónica
argentina, abarcando la costa y aguas jurisdiccionales de las
provincias de Chubut, Río Negro, Santa Cruz, Tierra del
Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur y aguas
bajo jurisdicción del Estado Argentino), se consideró
oportuno aprovechar esta base para extender los alcances de la
cobertura a la única provincia argentina con costa marítima
que quedaba fuera del ámbito del proyecto: la Provincia
de Buenos Aires. Con el fin complementar el estudio, la Fundación
Vida Silvestre Argentina ofreció el apoyo económico
necesario. El gerenciamiento del proyecto está a cargo
de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable,
en el marco del Convenio de Diversidad Biológica ratificado
por la Argentina el 22 de noviembre de 1994.
El concepto de sensibilidad ambiental
El concepto de sensibilidad ecológica (SE) o sensibilidad
ambiental no es sencillo de definir. Existen diferentes patrones
de medición de esta sensibilidad, y diferentes países
utilizan distintas medidas y parámetros para cuantificarla.
En líneas generales, pueden sintetizarse los siguientes
tres tipo de condiciones que podrían cumplir con la mayoría
de los requisitos necesarios para considerar un área como
ecológicamente sensible:
1) Áreas con condiciones ambientales inestables y/o particularmente
desfavorables para la producción biológica y la
recolonización. Entre éstas se incluyen las afectadas
por contaminación de diverso origen.
2) Áreas con especies amenazadas.
3) Áreas que tienen algún valor ecológico
particular y son sensibles a las perturbaciones naturales y
antrópicas, áreas con especies clave o que albergan
sitios o procesos fundamentales desde el punto de vista ecológico.
Esta última categoría es relativamente ambigua
y su definición raya en lo tautológico. Su inclusión,
en realidad, responde a la necesidad de contar con un comodín
que permita albergar los numerosos casos atípicos o especiales
que no permiten una ubicación fácil en las dos
categorías anteriores. Frecuentemente se trata de áreas
importantes para las especies migratorias, y su ubicación
puede variar de un año a otro.
Las
amenazas que se han identificado como prioritarias en la mayoría
de los ecosistemas sensibles del mundo son las siguientes:
Gases
causantes del efecto invernadero,
Reducción de la capa de ozono,
Acidificación de suelos y aguas,
Contaminación urbana,
Oxidantes fotoquímicos,
Eutroficación,
Impacto ambiental de los metales,
Impacto ambiental de contaminantes orgánicos,
Introducción de especies foráneas,
Explotación de la tierra y el agua para urbanización.
En
muchas legislaciones nacionales las áreas ecológicamente
sensibles son aquéllas que pueden ser destruidas o fuertemente
afectadas con facilidad, causando un daño irreversible
a sus valores culturales, científicos, ecológicos
o estéticos. Normalmente son áreas no aptas para
la colonización humana.
Algunos
países, como Canadá, utilizan dos conceptos levemente
diferentes: áreas ambientalmente sensibles y áreas
ambientalmente significativas (Environmentally Sensitive Areas
y Environmentally Significant Areas). En algunos casos las áreas ecológicamente sensibles a la contaminación
son agrupadas conjuntamente con las altamente contaminadas. Esto
obviamente apareja confusiones, ya que desde el punto de vista
ecológico la vulnerabilidad de ambas a la contaminación
no es necesariamente igual.
El
concepto de SE está fuertemente orientado a la contaminación
antrópica, pero no necesariamente restringido a ella. Incluye,
además, la sensibilidad a eventos catastróficos
naturales, como deslices y aludes, inundaciones, tormentas, ciclones,
huracanes, terremotos, erupciones volcánicas, etc.
Entre
las áreas ecológicamente sensibles por factores
contaminantes, las de más difícil análisis
son seguramente las acuáticas ya que es aquí donde
el origen de los contaminantes es más difícil de
identificar. Ello se debe a que los sistemas acuáticos
en general, y los marinos en particular, son afectados por fuentes
remotas de contaminación, frecuentemente de carácter
difuso y ubicadas a centenares y hasta miles de kilómetros
de distancia del área afectada. Además, este tipo
de contaminación proveniente de fuentes remotas complica
seriamente los aspectos legales y de distribución de responsabilidades,
dado que las autoridades locales raramente tienen la autoridad
para legislar y fiscalizar sobre el problema.
En
vista de que el problema de la SE frecuentemente se opone a los
deseos o necesidades de desarrollo (urbanístico, industrial,
turístico), la SE está íntimamente ligada
con lo que se ha dado en llamar la Carga Crítica (Critical
Load). La carga crítica, en un sentido más
estricto, se ha utilizado en problemas de eutroficación
acuática en referencia a los niveles de aporte exógeno
de nutrientes por encima de los cuales la calidad del agua se
deteriora sensiblemente. El mismo término se ha usado para
evaluar la carga de contaminantes y el stress resultante, las
emisiones de gases causantes del efecto invernadero, etc. Desde
el punto de vista de la SE, la Carga Crítica es un concepto
más difuso y menos cuantificable. Frecuentemente se la
ha definido como el valor límite por encima del cual se
registran efectos negativos directos sobre el sistema. Claramente,
esta definición es tan amplia que resulta de escasa utilidad
para el uso práctico.
En
la práctica, la evaluación de la SE está
íntimamente ligada con la Evaluación de Impacto
Ambiental (Environmental Impact Assessment), o EIA. La
EIA es un procedimiento tendiente a pronosticar el impacto potencial
de diferentes alternativas o estrategias de planeamiento. Las
EIA se han utilizado desde la década del ’70, y con
mayor asiduidad desde los años ’90. La colaboración
multidisciplinaria es particularmente importante en las EIAs ya
que un análisis acertado y útil implica no solamente
la preservación del ambiente bajo estudio, sino un uso
racional del mismo compatible con esa preservación. El
término uso no necesariamente involucra la carga crítica
de contaminantes que puede soportar sin sufrir deterioro, o la
reducción areal que puede soportar por efectos de cambio
de destino del espacio. Frecuentemente se trata de aplicaciones
menos invasivas o destructivas, pero no por ello potencialmente
menos dañinas, como por ejemplo la apertura a visitas turísticas,
o la instalación de criaderos. Hay que destacar, sin embargo,
que más allá de las relaciones causa-efecto más
obvias e inmediatas, la enorme complejidad de las interrelaciones
entre los integrantes de las comunidades biológicas, de
éstos con los integrantes de otras comunidades, así
como con el medio, hace que el éxito predictivo de las
EIA sea, generalmente, muy limitado. Estas limitaciones son más
agudas cuanto más finamente se pretende hilar. En consecuencia,
la alternativa que generalmente se utiliza es el establecimiento
de una línea de base, de un estado original de la situación,
que mediante monitoreos periódicos se compara con estados
de alteración sucesivos. Este proceso puede permitir la
detección de las modificaciones forzadas y, frecuentemente,
la individualización de los factores responsables. Claramente,
este proceso será tanto más eficiente y exitoso
cuanto mejor se defina esta línea de base, lo que a su
vez implica un esfuerzo sostenido de investigación a
varios niveles ecosistémicos, tanto estructurales como
funcionales.
Uno
de los puntos críticos en estos procesos es la evaluación
de los datos de los monitoreos. Los límites “aceptables”
de impacto, así como la separación de los procesos
unidireccionales e irreversibles de las fluctuaciones normales
debidas a causas naturales requieren un conocimiento muy detallado
de la estructura y funcionamiento del sistema a escalas temporales
multianuales o aún decadales, conocimiento del que muy
raramente se dispone. Por otro lado, los standards actuales de
calidad ambiental raramente están basados sobre el concepto
de SE. Por ejemplo, si bien 25 microgramos por litro de fósforo
reactivo soluble es el nivel que rutinariamente se acepta como
límite para evitar floraciones algales indeseadas en cuerpos
lénticos, los efectos de esta concentración son
muy diferentes no solamente de acuerdo al área climática
del cuerpo de agua, sino también en lagos vecinos pero
con diferente influencia del drenaje proveniente de tierras bajo
uso agrícola o ganadero.
La
SE es, necesariamente, un concepto global, pero sus características
y su magnitud dependen de varios tipos de sensibilidad, que de
una manera simplística pero útil a los fines operativos
puede ser discriminada en varios componentes:
Sensibilidad
a la eutroficación,
Sensibilidad a la acidificación,
Sensibilidad al stress mecánico,
Sensibilidad al stress de sustancias químicas tóxicas,
Sensibilidad a las interferencias biológicas debidas
e integrantes nuevos,
Sensibilidad a la reducción areal,
etc.
Una
derivación natural de las EIA y los estudios de SE es la
definición del punto de inflexión en la “salud”
de los ecosistemas, así como del punto a partir del cual
se requiere la implementación de medidas de protección
y manejo. Nuevamente, la única justificación razonable
de estas decisiones es la demostración de una modificación
significativa en la tendencia histórica conocida, justificación
que obviamente debe estar basada en un detallado y extenso monitoreo
previo. La implementación de Sistemas de Información
Geográfica (SIGs) es, en la mayoría de los casos,
un componente crucial de estos monitoreos, sobre todo cuando se
trabaja a nivel de áreas extensas, en el orden de decenas
a miles de kilómetros cuadrados. Los cambios en los límites
distributivos y en las densidades de las poblaciones monitoreadas
son, generalmente, uno de los indicadores más sensibles
y de más fácil detección de cambios ambientales
significativos.
La sensibilidad ambiental de la costa marina argentina
Con sus más de 2.8 millones de kilómetros cuadrados
de superficie, y cerca de 5000 km de costa extendiéndose
desde el estuario del Río de la Plata hasta el Canal Beagle,
la Argentina está entre los 10 países más
extensos del mundo, y los 25 con mayor longitud de línea
de costa. De estos 5000 km, gran parte (3400 km) corresponden
a la Patagonia. Es interesante destacar que la longitud de una
costa es una medida fractal: cuanto más detalladamente
se haga la estimación, más extensa resultará
la costa. Dependiendo del grado de detalle con que se la mida,
según algunos cálculos la costa patagónica
tiene más de 150,000 km de extensión.
Gracias
a su situación remota, condiciones climáticas particulares
y baja densidad de población, este sector es probablemente
uno de los mejor conservados en el mundo. En efecto, con una media
para la costa patagónica de alrededor de 1.9 habitantes
por km2, la presión poblacional sobre los recursos
y el hábitat es aún comparativamente baja.
Sin
embargo esta situación está cambiando (ver “Biodiversity
of the Patagonia Shelf”). En las últimas décadas
la zona ha estado sufriendo los efectos de un crecimiento demográfico
e industrial cada vez más acelerado. Lamentablemente, este
desarrollo generalmente no es ordenado y ocurre sin planificación
ni análisis previos, casi invariablemente con una notoria
falta de infraestructura y capacidad de manejo. Todo ello impacta
en primer lugar sobre el ambiente ocupado y sobre la biodiversidad
que éste alberga. En este sentido son paradigmáticos
los casos de Río Grande y Ushuaia, en Tierra del Fuego.
La población de estas dos ciudades creció un 120%
entre 1986 y 1997 (de 45,000 a 100,000 habitantes). Este crecimiento
ocurrió de manera descontrolada, frecuentemente urbanizando
áreas totalmente inadecuadas para este propósito,
o áreas con un valor natural o ecológico incompatible
con ese uso. Ambas ciudades no estaban preparadas para este crecimiento,
de manera que gran parte de la urbanización ocurrió
(y ocurre) en áreas sin servicios sanitarios básicos
y las aguas servidas son evacuadas al mar sin tratamiento alguno.
En Ushuaia en particular, que ha crecido vigorosamente en parte
gracias al turismo internacional, se observa una anarquía
absoluta en las construcciones y en la ocupación del espacio,
una ausencia de armonía arquitectónica y urbanística
que contrasta fuertemente con la belleza de la naturaleza que
la rodea.
Las
amenazas que en este sentido tiene la costa argentina no difieren
de las identificadas en otras áreas del mundo con condiciones
similares:
1)
Sobreexplotación de recursos, sobre todo en lo que
atañe a la pesca. Ello sustrae los recursos alimentarios
necesarios para el sostén de la fauna de los niveles
tróficos superiores, impacta sobre la estructura y
la fauna de los fondos marinos afectados por las operaciones
pesqueras, así como sobre las numerosas especies no
blanco, incluyendo aves y mamíferos marinos, comunes
en las capturas incidentales.
2)
Alteración física del medio por actividades
mineras, desarrollo urbano costero, erosión.
3)
Contaminación, pincipalmente proveniente de fuentes
terrestres (vertido de aguas servidas domiciliarias, desagües
cloacales e industriales, contaminación vinculada a
la explotación y transporte de hidrocarburos, contaminación
originada en el mar por buques pesqueros, de trasporte y turísticos.
4)
Introducción de especies foráneas, ya sea deliberadamente,
para fines comerciales (e.g., maricultura), o accidentalmente,
con el agua de lastre.
5)
Turismo (perturbación de la fauna costera, colonias
y apostaderos de aves y mamíferos).
6)
Modificaciones climáticas y ambientales en general debidas
a efectos globales, como el efecto invernadero y la degradación
de la capa de ozono.
Las
costas argentinas constituyen importantes áreas de reproducción,
alimentación y descanso de numerosas aves y mamíferos
marinos, incluyendo especies sumamente carismáticas como
los pingüinos, cormoranes, gaviotas y petreles, lobos y elefantes
marinos, orcas, delfines y ballenas. Además de su valor
intrínseco, estas poblaciones tienen un enorme valor económico,
valor que generalmente es subestimado en las evaluaciones de costo-beneficio
involucradas en los estudios de desarrollo urbanístico
y de rentabilidad de los productos de la pesca. La presencia de
estas especies tan emblemáticas, sin embargo, no es fortuita
ni representa un fenómeno aislado de su entorno; obedece
a la existencia de múltiples y complejas relaciones con
el medio y, en particular, con un sinnúmero de otras especies
que, sin ser tan visibles ni carismáticas como aquéllas,
son condición ineludible para su existencia. Para conceptualizar
estas relaciones es muy apropiada la noción del “efecto
mariposa”, que hace referencia a la sensibilidad a las condiciones
iniciales dentro del marco de la teoría del caos. Esta
interrelación de causa-efecto, que se da en todos los eventos
de la vida, implica que un pequeño cambio puede generar
grandes resultados o, poéticamente, "el aleteo de
una mariposa en Hong Kong puede desatar una tormenta en Nueva
York".
Aplicado
a la conservación de las especies más carismáticas
de la costa argentina, este principio implica que el stress aplicado
a cualquier otro compartimento del sistema, aún a aquéllos
que aparentemente tienen poca relación con las aves y mamíferos
marinos, puede condicionar respuestas muy significativas en estos
animales.
Esta
integridad ambiental es particularmente vulnerable en los humedales
costeros. El rol fundamental que desempeñan los ecotonos
en las costas marinas fue certeramente sumarizado por un estudio
relativamente reciente de Levin y colaboradores (2001): “Estuaries
and coastal wetlands are critical transition zones (CTZs) that
link land, freshwater habitats, and the sea. CTZs provide essential
ecological functions, including decomposition, nutrient cycling,
and nutrient production, as well as regulation of fluxes of nutrients,
water, particles, and organisms to and from land, rivers, and
the ocean. Sediments associated biota are integral to these functions.
Functional groups considered essential to CTZ processes include
heterotrophic bacteria and fungi, as well as many benthic invertebrates.
Key invertebrate functions include shredding, which breaks down
and recycles organic matter; suspension feeding, which collects
and transports sediments across the sediment–water interface;
and bioturbating, which moves sediment into or out of the seabed.
In addition, macrophytes regulate many aspects of nutrient, particle,
and organism dynamics above- and belowground. Animals moving within
or through CTZs are vectors that transport nutrients and organic
matter across terrestrial, freshwater, and marine interfaces.
Significant threats to biodiversity within CTZs are posed by anthropogenic
influences; eutrophication, nonnutrient pollutants, species invasions,
overfishing, habitat alteration, and climate change affect species
richness or composition in many coastal environments. Because
biotic diversity in marine CTZ sediments is inherently low whereas
their functional significance is great, shifts in diversity are
likely to be particularly important. Species introductions (from
invasion) or loss (from overfishing or habitat alteration) provide
evidence that single-species changes can have overt, sweeping
effects on CTZ structure and function. Certain species may be
critically important to the maintenance of ecosystem functions
in CTZs even though at present there is limited empirical evidence
that the number of species in CTZ sediments is critical. We hypothesized
that diversity is indeed important to ecosystem function in marine
CTZs because high diversity maintains positive interactions among
species (facilitation and mutualism), promoting stability and
resistance to invasion or other forms of disturbance. The complexity
of interactions among species and feedbacks with ecosystem functions
suggests that comparative (mensurative) and manipulative approaches
will be required to elucidate the role of diversity in sustaining
CTZ functions.” (de: Levin L.A., Boesch
D.F., Covich A., Dahm C., Erseus C., Ewel K.C., Kneib R.T., Moldenke
A., Palmer M.A., Snelgrove P., Strayer D., Weslawski J.M. 2001.
The function of marine critical transition zones and the importance
of sediment biodiversity. Ecosystems, 4:430–451.)
Obviamente,
cuanto mejor se conozcan los elementos involucrados, más
posibilidades tendrá el hombre de prevenir o revertir los
efectos nocivos de las actividades que afectan los elementos sensibles
de los sistemas afectados. Por otro lado, dados los intereses
económicos en juego, cualquier medida conservacionista
orientada a mantener el estado prístino de los ambientes
costeros tendrá, invariablemente, detractores y oposición.
En consecuencia, cuanto mejor informada y más educada esté
la población con respecto a temas ecológicos, más
fácil será la implementación de las medidas
necesarias para evitar afectar el ambiente que se desea proteger.
En
países donde el conocimiento del ambiente abiótico
y los componentes biológicos está mucho más
avanzados que en el nuestro se ha desarrollado cartografía
ad hoc para extensas áreas con resolución muy alta.
En los EEUU, por ejemplo, toda la costa marina y los Grandes Lagos
están cubiertos con cartografía de este tipo a una
escala de 1:48000 (Environmental Sensitivity Index Maps de la National Oceanic and Atmospheric Administration, NOAA Ocean
Service, Office of Response and Restoration, Hazardous Materials
Response Division). En otros países se han ensayado diversos
tipos de índices para cuantificar la sensibilidad ambiental
de áreas más o menos extensas (ver “Report
of the Meeting of Experts on the Environmental Vulnerability Index”).
Lamentablemente,
en nuestro país el grado de conocimiento de la naturaleza
dista mucho de aquél que exhiben muchos países europeos,
EEUU y Canadá, y no permite aún la ejecución
de cartas de sensibilidad ambiental con la resolución espacial
y estacional adecuada. Para la flora y fauna costera y de mar
abierto marina de la argentina son notorias las diferencias en
la cobertura de los diferentes grupos de animales y plantas, con
un fuerte sesgo positivo hacia los vertebrados, y sobre todo las
aves y mamíferos marinos. Tal es así que para estos
dos grupos conocemos bien la diversidad, la distribución
(al menos en las costas), una buena parte de la biología
y, en algunos casos, hasta tenemos buenas estimaciones de la cantidad
de individuos. Al mismo tiempo, para la gran mayoría de
los invertebrados la información es muy escasa y totalmente
fragmentaria. Solamente hay datos relativamente completos para
algunas pocas especies que por su abundancia, tamaño y/o
valor comercial despiertan particular interés, mientras
que el resto es conocido muy superficialmente. Por ejemplo, más
de la mitad del centenar de especies de crustáceos decápodos
que se han encontrado hasta ahora en el Mar Argentino solamente
se han registrado en menos de tres ocasiones. Obviamente, esta
exigüidad de información no permite inferir nada acerca
de su biología, distribución, etc.
Este Atlas de Sensibilidad Ambiental es, precisamente, un esfuerzo
colectivo orientado a destacar los aspectos más salientes
de la biota de las costas y el mar abierto y los factores que
la regulan, y poner este conocimiento al alcance del público
general.
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